Icono bizantino de las mujeres miróforas con lámparas, Catedral Ortodoxa Rusa de Madrid

La vida cristiana es salir al encuentro del Esposo | XXXII Domingo TO (Mt 25, 1-13)

La parábola de las diez vírgenes no habla solo del final de los tiempos. Habla del presente: de cómo vivimos hoy, de qué aceite llevamos en nuestras lámparas y de si nuestra vida está realmente orientada al encuentro con Cristo.

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (25, 1-13)

Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

Homilía del domingo

Estamos en la sección de los discursos escatológicos del evangelio de Mateo, es decir, en la parte en la que Mateo desarrolla toda su teología del tiempo. Las cosas que nos están ocultas y que sucederán al final de los tiempos ya están llegando, y las tenemos en lo concreto de nuestras vidas.

Son los textos que nos van preparando para el final del año litúrgico, que culminará con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo.

La memoria del futuro

Estos textos escatológicos son la memoria del futuro de los cristianos. Nosotros vivimos y encontramos el sentido y el ser de las cosas por el futuro. Es el futuro siempre presente.

Y el futuro es la unión de lo humano y lo divino, que en el evangelio de hoy viene expresada como una boda. La boda son los desposorios de Dios con el hombre: Dios que viene, se hace hombre y se une al hombre. Esta es la vida eterna, y es la vida que vence la muerte.

«El cristiano vive para salir al encuentro del Señor que viene.»

El evangelio utiliza la imagen de las diez vírgenes que esperan al esposo. Mateo dice que salieron «al encuentro» del esposo: es la misma palabra que usa san Pablo para hablar de la venida del Señor, cuando «seremos arrebatados al encuentro del Señor» (1 Tes 4,17).

El fin de la vida del cristiano es el cumplimiento de lo más bello que hay en el hombre.

Todo el cristianismo se sostiene por la venida del Señor: Maranatha, «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20). El deseo del hombre es unirse a Dios, y ese es el sentido del vivir. El cristiano vive para salir al encuentro del Señor que viene.

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Salir al encuentro

Las vírgenes salen al encuentro. Es la imagen del hombre que vive en salida continua: primero salimos al nacer, vivimos saliendo continuamente al encuentro del otro y, al final, salimos de este mundo para llegar a la vida plena en Dios.

La lámpara es imagen de nuestro cuerpo, que tiene dentro el espíritu, que es el aceite (cf. 1 Cor 6,19). Y con este espíritu salimos al encuentro del Señor.

El esposo es la imagen de Dios. El cristiano está llamado a unirse a Dios en la humanidad de Jesús y así llegamos a ser hijos de Dios semejantes al Padre (cf 1 Jn 3,2). Y esta unión es el sentido de nuestra vida.

El aceite que no se puede prestar

Nos habla de un aceite que no se puede compartir y que hay que ir a comprar a la tienda. El aceite es el amor de Dios, que es el Espíritu Santo, y la tienda donde este aceite se compra es el prójimo: viviendo la caridad y reconociendo al prójimo como hermano adquirimos el aceite.

Jesús lo dirá un poco más adelante: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Este aceite no nos lo podemos dar a nosotros mismos, porque es la identidad de la persona y la voy adquiriendo en mis relaciones, solo los vendedores que lo tienen los pueden venderlo. Y lo tienen los pobres.

«Lo adquirimos viviendo las obras de misericordia: amando al más pequeño es como alcanzamos el aceite, que es el amor.»

San Juan Crisóstomo lo dice sin rodeos al comentar esta parábola: «¿Y quiénes son los que venden? Los pobres. ¿Y dónde están? Aquí; y era aquí donde había que buscarlos, no entonces. […] Si los quitaras, quitarías la gran esperanza de nuestra salvación» (Homilías sobre san Mateo 78,1-2).

Cuando hago caridad al pobre, es él quien hace la caridad conmigo. Es el pobre quien me salva; por eso dirá Jesús que a los pobres los tendremos siempre con nosotros (cf. Mt 26,11). Porque el hombre necesita continuamente salvarse.

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El cuerpo lleno de Espíritu

Toda acción realizada bajo el influjo del Espíritu es una acción de amor, una acción divina y eterna. Cada uno lleva el amor, que es el espíritu, en su cuerpo.

San Ireneo de Lyon nos habla de que el hombre está integrado por tres dimensiones orgánicamente dispuestas: espíritu, alma y cuerpo. No son dimensiones separadas, sino en relación, de modo que el espíritu se expande de dentro a fuera hasta que espiritualiza el cuerpo, no porque lo destruya, sino porque lo transfigura.

«El cuerpo se llena de espíritu, y así se tiene la vida de hijo de Dios.»

El discurso del fin del mundo nos lleva a vivir hoy, en el presente, el amor a Dios en los hombres. A Dios lo encontramos en los más pequeños y vulnerables.

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El Señor no llega tarde

La tardanza del Señor no se debe a que llegue tarde, sino que es el tiempo que tenemos para realizar nuestra vocación, el tiempo que tenemos para desarrollar la vida de hijos y hermanos que hemos recibido.

El despertarse de las vírgenes es el resucitar con nuestros cuerpos, con nuestro amor. Cada día resucitamos, cada día Dios viene a nuestro encuentro, y nosotros salimos al encuentro del Señor al salir al encuentro del hermano frágil.

El Esposo viene a medianoche

Para representar este tiempo espera del esposo la Iglesia de Oriente, en los primeros días de la Semana Santa, canta a medianoche: «He aquí que el Esposo viene a medianoche», mientras expone el icono del Esposo: Cristo coronado de espinas, con el manto de púrpura y la caña en la mano.

El Esposo que viene es el Crucificado; las bodas se celebran en la cruz, y el aceite de nuestras lámparas es el amor que brota de su costado abierto.

«La vida del cristiano es un salir constantemente al encuentro del Esposo, que es Cristo.»

Esta es su vocación: ser uno y todo con Cristo, viviendo como hermanos de los hombres. Y este salir al encuentro es vivir con la luz del Espíritu que nos habita y que nos permite vivir como hijos y hermanos. Amén.

↗ PARA PROFUNDIZAR: Francisco sobre la espera del Esposo y el tiempo que se nos da