El deseo es la búsqueda de lo infinito | Parte 1
Desde una perspectiva bíblica, el deseo nace con la Creación. En el acto de separar, surge el anhelo por lo que es diferente de uno mismo. La diferencia, la diversidad y lo incompleto aparecen como oportunidades para entrar en relación. La comunión no puede existir sin el límite que da la posibilidad de que el otro exista.
En el relato del Génesis, el límite impuesto por Dios da lugar a la existencia del hombre, y el límite del hombre en la alimentación le permite reconocer a su Creador y entrar en comunión con Él.

El deseo como motor de vida
La terminología yahvista vincula el deseo con carencia y necesidad (Gén 2,7). La palabra hebrea nefesh, traducida en la Biblia de los LXX como psyché, originalmente designaba la garganta como órgano para alimentarse y respirar (Is 5,14; Sal 107,25). Con el tiempo, adquirió un significado más profundo: la sede del anhelo, del suspirar y aspirar por algo más grande (Sal 42,2; Gén 34,2).
El deseo no es un simple capricho; es la fuerza que orienta la vida hacia la plenitud personal. Desear implica aspirar, anhelar, suspirar, amar. Supone la ausencia de algo, pero también la tensión hacia su consecución.
El deseo es fuente de energía y movimiento. En la Escritura vemos ejemplos de cómo Jesús pregunta a los hombres por su deseo más profundo:
“¿Qué quieres que haga por ti?” (Lc 18,41)
Incluso Dios mismo tiene deseos:
“Deseo que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

El deseo último que subyace en todos los demás deseos es el deseo de Dios. San Anselmo lo expresa con belleza en El Proslogion:
«Se trata de un anhelo íntimo, último y primero, que solo se saciará cuando estemos en Dios».
El peligro del deseo desordenado
Si el deseo nos orienta hacia la vida plena, el deseo desordenado nos dispersa y nos vacía. Un hombre sin deseo pierde la dirección y cae en la desesperanza.
Acabado el deseo, acaba la vida.
Cuando una persona deja de desear, cae en la apatía y la depresión, experimentando un sufrimiento inmenso al sentir que la vida se le escapa y que nada tiene sentido. El deseo, cuando está bien orientado, estructura la vida y nos mantiene en movimiento hacia lo esencial.





