Cuatro Bienaventuranzas y cuatro «ayes»
VI Domingo TO-Ciclo C (Lc 6, 20-36 )
Este Evangelio contiene las palabras más bellas del Evangelio. Las palabras más bellas jamás escritas por un hombre en un libro.
Son el manifiesto del Reino de Dios, y tocan el centro mismo de la existencia humana. No nos dicen simplemente lo que debemos hacer, sino que nos hablan de una luz nueva que ilumina la vida del hombre.
Van en contra del poseer y del dominar, ya sea a Dios o a los hombres. Nos presentan criterios de valor alejados de la violencia y de la guerra, de la lucha por el poder. Son criterios de amor y solidaridad, una catequesis bautismal de la Iglesia primitiva.
El centro del hombre es Cristo
De Judea, de Jerusalén, de Tiro y de Sidón van a escuchar a Jesús. Es la universalidad de la Iglesia. Acuden desde Jerusalén, el centro religioso, político, cultural y económico de su tiempo. Pero ahora, el centro del hombre es Cristo. Van a escuchar la Palabra, porque la Palabra es la que cura, sana y salva. Es la Palabra la que nos da la vida nueva.
Las Bienaventuranzas y la inversión del mundo
Estas palabras son, ante todo, una autobiografía de Jesús. Contienen cuatro bienaventuranzas y cuatro «ayes», que nos presentan un nuevo tipo de relaciones humanas. Relaciones en las que el pobre, el hambriento, los que lloran, los odiados y marginados son los bienaventurados.
Con las Bienaventuranzas, Jesús, invierte el orden del mundo
Nosotros, en cambio, solemos decir: bienaventurados los ricos, los saciados, los que ríen, los deseados y acogidos. Pero Jesús invierte el orden del mundo.
La palabra utilizada para «pobre» en este texto hace referencia a aquel que no tiene nada, que vive en total dependencia, del don, de la limosna. Jesús está hablando de sí mismo. Él se despojó de todo atributo divino y se hizo mendigo entre los hombres. Se puso en la fila para ser bautizado.
Y después, la bienaventuranza utiliza el verbo en presente: «vuestro es el Reino de Dios». Jesús, su persona, es el Reino de Dios, y ya está presente.
El hombre, todo hombre, es un pobre que descubre que tiene el Reino de Dios en él, es decir, que Jesús vive en él. Jesús es don, y el que es pobre lo puede acoger. Vivimos del don, porque el hijo todo lo recibe del padre. No se trata de acumular, sino de recibir como don, agradecer y compartir.
El amor como pobreza
La pobreza es la posibilidad de ser hermano de los hombres, porque me permite compartir. Y en el compartir me reconozco como hermano. La pobreza es el camino para la salvación del mundo, mientras que la riqueza acumulada es destructiva.
El amor es pobreza: todo se recibe y todo se da
Toda relación verdadera es pobre, porque no busca el dominio sobre el otro. Se recibe al otro gratuitamente. Los hijos se aman gratuitamente, el hombre y la mujer se aman gratuitamente.
El amor es pobreza: todo se recibe y todo se da. Y este es el camino de la vida, es el Reino de Dios sobre la tierra. Jesús nos propone amar la pobreza, porque solo así entenderemos que el hombre es un don.
En la pobreza se da el servicio recíproco, lo opuesto al dominio recíproco. Así, nuestro límite se convierte en lugar de comunión, de don. Y nacerá entonces la humildad, que es la verdadera humanidad. Seremos humanos y viviremos.
Los ayes y la revisión de nuestra vida
Jesús habla a nuestra existencia, a la realidad concreta de nuestras vidas: la pobreza, el hambre y el llanto
¿Qué es ese «hambre» para que sea una bienaventuranza? Nos dice que lo malo no es tener hambre, sino hacer que otros tengan hambre. Lo malo no es morir –porque todos morimos–, lo malo es matar.
El hambre es la condición del hombre como caminante. Es el hambre de eternidad, de no querer morir, el hambre que nos impulsa a caminar. Tenemos hambre de sentido en la vida, y si tenemos esta hambre, será saciada.
Bienaventurados los que lloran. El llanto que brota de la pena y la fatiga de vivir. Jesús habla a nuestra existencia, a la realidad concreta de nuestras vidas: la pobreza, el hambre y el llanto. Y es en nuestra existencia donde nos visita y donde quiere quedarse con nosotros.
Finalmente, los odiados, los excluidos, los insultados, los proscritos. Es una descripción de la Pasión de Jesús. Y al atravesar esta Pasión, nos alcanza la vida nueva que ya tenemos y vivimos.
Jesús fue odiado por los suyos, excluido de su pueblo, insultado en la cruz, sacado de la ciudad. Y al pasar por este calvario, nos alcanza la dignidad de hijos y hermanos.
Los «ayes» expresan el dolor de Jesús. No son condenas, sino el deseo profundo de su corazón de que todos vivan como hermanos, acogiendo la vida como un don y compartiendo con los demás los dones recibidos.
Es necesario evitar una lectura clasista de este Evangelio, pero tampoco reducirlo a una mera interioridad espiritual. Es un mensaje realista, que nos invita a revisar nuestros propios criterios de vida.
¿En qué posición me encuentro yo?
Amén.
VI Domingo TO-Ciclo C (Lc 6, 20-36 )
Este Evangelio contiene las palabras más bellas del Evangelio. Las palabras más bellas jamás escritas por un hombre en un libro.
Son el manifiesto del Reino de Dios, y tocan el centro mismo de la existencia humana. No nos dicen simplemente lo que debemos hacer, sino que nos hablan de una luz nueva que ilumina la vida del hombre.
Van en contra del poseer y del dominar, ya sea a Dios o a los hombres. Nos presentan criterios de valor alejados de la violencia y de la guerra, de la lucha por el poder. Son criterios de amor y solidaridad, una catequesis bautismal de la Iglesia primitiva.
El centro del hombre es Cristo
De Judea, de Jerusalén, de Tiro y de Sidón van a escuchar a Jesús. Es la universalidad de la Iglesia. Acuden desde Jerusalén, el centro religioso, político, cultural y económico de su tiempo. Pero ahora, el centro del hombre es Cristo. Van a escuchar la Palabra, porque la Palabra es la que cura, sana y salva. Es la Palabra la que nos da la vida nueva.
Las Bienaventuranzas y la inversión del mundo
Estas palabras son, ante todo, una autobiografía de Jesús. Contienen cuatro bienaventuranzas y cuatro «ayes», que nos presentan un nuevo tipo de relaciones humanas. Relaciones en las que el pobre, el hambriento, los que lloran, los odiados y marginados son los bienaventurados.
Con las Bienaventuranzas, Jesús, invierte el orden del mundo
Nosotros, en cambio, solemos decir: bienaventurados los ricos, los saciados, los que ríen, los deseados y acogidos. Pero Jesús invierte el orden del mundo.
La palabra utilizada para «pobre» en este texto hace referencia a aquel que no tiene nada, que vive en total dependencia, del don, de la limosna. Jesús está hablando de sí mismo. Él se despojó de todo atributo divino y se hizo mendigo entre los hombres. Se puso en la fila para ser bautizado.
Y después, la bienaventuranza utiliza el verbo en presente: «vuestro es el Reino de Dios». Jesús, su persona, es el Reino de Dios, y ya está presente.
El hombre, todo hombre, es un pobre que descubre que tiene el Reino de Dios en él, es decir, que Jesús vive en él. Jesús es don, y el que es pobre lo puede acoger. Vivimos del don, porque el hijo todo lo recibe del padre. No se trata de acumular, sino de recibir como don, agradecer y compartir.
El amor como pobreza
La pobreza es la posibilidad de ser hermano de los hombres, porque me permite compartir. Y en el compartir me reconozco como hermano. La pobreza es el camino para la salvación del mundo, mientras que la riqueza acumulada es destructiva.
El amor es pobreza: todo se recibe y todo se da
Toda relación verdadera es pobre, porque no busca el dominio sobre el otro. Se recibe al otro gratuitamente. Los hijos se aman gratuitamente, el hombre y la mujer se aman gratuitamente.
El amor es pobreza: todo se recibe y todo se da. Y este es el camino de la vida, es el Reino de Dios sobre la tierra. Jesús nos propone amar la pobreza, porque solo así entenderemos que el hombre es un don.
En la pobreza se da el servicio recíproco, lo opuesto al dominio recíproco. Así, nuestro límite se convierte en lugar de comunión, de don. Y nacerá entonces la humildad, que es la verdadera humanidad. Seremos humanos y viviremos.
Los ayes y la revisión de nuestra vida
Jesús habla a nuestra existencia, a la realidad concreta de nuestras vidas: la pobreza, el hambre y el llanto
¿Qué es ese «hambre» para que sea una bienaventuranza? Nos dice que lo malo no es tener hambre, sino hacer que otros tengan hambre. Lo malo no es morir –porque todos morimos–, lo malo es matar.
El hambre es la condición del hombre como caminante. Es el hambre de eternidad, de no querer morir, el hambre que nos impulsa a caminar. Tenemos hambre de sentido en la vida, y si tenemos esta hambre, será saciada.
Bienaventurados los que lloran. El llanto que brota de la pena y la fatiga de vivir. Jesús habla a nuestra existencia, a la realidad concreta de nuestras vidas: la pobreza, el hambre y el llanto. Y es en nuestra existencia donde nos visita y donde quiere quedarse con nosotros.
Finalmente, los odiados, los excluidos, los insultados, los proscritos. Es una descripción de la Pasión de Jesús. Y al atravesar esta Pasión, nos alcanza la vida nueva que ya tenemos y vivimos.
Jesús fue odiado por los suyos, excluido de su pueblo, insultado en la cruz, sacado de la ciudad. Y al pasar por este calvario, nos alcanza la dignidad de hijos y hermanos.
Los «ayes» expresan el dolor de Jesús. No son condenas, sino el deseo profundo de su corazón de que todos vivan como hermanos, acogiendo la vida como un don y compartiendo con los demás los dones recibidos.
Es necesario evitar una lectura clasista de este Evangelio, pero tampoco reducirlo a una mera interioridad espiritual. Es un mensaje realista, que nos invita a revisar nuestros propios criterios de vida.
¿En qué posición me encuentro yo?
Amén.





