Icono dorado de Jesús abrazando a un fiel, con sus ojos juntos en un gesto de profunda misericordia

La continuación de las Bienaventuranzas

VII Domingo TO Ciclo C (Lc 6, 27-38)

Este texto es la continuación de las bienaventuranzas de Lucas. Continúa esa belleza en el texto. Son las páginas más bellas que se han escrito. Son palabras poéticas que dan vida. Es una palabra que en Lucas es terapia. Nos sirve para llevar al hombre a su verdad más profunda: que es hermano de todos los hombres.

Es una palabra que cuida las relaciones con los demás. Primero esos otros con los enemigos y después serán con los amigos. Todo el texto va hacia el centro del evangelio de Lucas, que es el versículo 36:

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

El camino para ser como Dios

Comienza con cuatro verbos en imperativo: amad, haced el bien, bendecid, rezad. Es el camino para ser como Dios: amar, hacer el bien, hablar bien y hacer oración. Es nuestro anhelo más profundo, nuestro deseo desde la creación: ser como Dios. Es el proyecto para la vida del cristiano.

El primer verbo es el mandamiento del amor. Es en el amor que entramos en comunión con el otro. En el amor dos se convierten en uno sin desaparecer ninguno de los dos y así surge un tercero. Son libres, no se comen. Sin el amor no existe vida, sería solo pena y fatiga de vivir.

El enemigo y la herencia del pecado

¿Quién es el enemigo? El otro. Porque el otro me hace de espejo, es irreducible. El otro lo vivo como una amenaza. Es la herencia del pecado original, ya le sucedió a Adán y Eva, uno fue el acusador del otro. Y también vemos como enemigo a Dios, que me quita mi libertad.

La calidad del amor la tenemos en si amamos al enemigo, es decir, al otro, al que está a mi lado, el que convive conmigo. Amo al enemigo cuando no encuentro la razón para amar al otro, no encuentro amabilidad en él.

El otro deja de ser enemigo cuando se siente amado por mí.

El amor crea el valor en el otro y, al acoger el amor, descubro mi valor. Cuando falta el amor, las relaciones comienzan a ser de posesión y dominio. Así, amar al enemigo, al otro, me permite darme cuenta de la libertad que tengo del mal. Ya no es el mal el que me domina.

El amor no es solo un sentimiento, se convierte en manos, en actos concretos. Y también es bendecir, es decir, hablar bien de los demás.

La Misericordia es la identidad de Dios

Nos encontramos con el corazón del evangelio de Lucas. Todo el resto es una explicación de este versículo: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».

Este versículo nos revela algo esencial sobre Dios: su misericordia no es solo uno de sus atributos, sino su propia identidad. A diferencia de otras tradiciones religiosas que describen a Dios con múltiples características –justo, juez, todopoderoso–, la Biblia lo presenta como misericordia en sí misma, como el fundamento absoluto de su santidad.

Cristo en Majestad y su Misericordia

Lucas usa un término poco común en el Nuevo Testamento para describir esta misericordia, una palabra que en hebreo proviene de ra·jamím, que significa «útero materno». Esta imagen es profundamente reveladora:

Dios no solo es Padre, sino también maternal, con un amor que engendra y acoge sin condiciones.

Sin embargo, el mandato de Jesús no es simplemente ser misericordiosos, sino llegar a serlo. La misericordia no es algo estático, sino un proceso de transformación interior que nos lleva a parecernos más a Dios. Nos convertimos en Él en la medida en que aprendemos a acoger al otro, no como una amenaza, sino con amor incondicional.

Podemos decir que nos uterizamos, es decir, que nos volvemos misericordiosos como el Padre.

En el perdón donde el cristianismo se distingue de otras religiones.

Esta visión de la misericordia transforma completamente nuestra relación con el pecado y la miseria. Dios no necesita el mal, pero donde hay pecado, sobreabunda la gracia (Rm 5,20). La miseria no es rechazada, sino acogida y redimida por un amor infinitamente mayor.

Es precisamente en el perdón donde el cristianismo se distingue de otras religiones: mientras muchas tradiciones enfatizan un ascetismo riguroso y una moral justa, el cristianismo se define por una relación basada en la misericordia.

Negar esta visión sería reducir la fe cristiana a una simple religión más, con normas y obligaciones. Pero el Evangelio nos invita a algo más profundo: un camino de transformación diaria, donde aprendemos a convertir el mal en un espacio de misericordia y nos volvemos progresivamente en aquello que ya somos: hijos de Dios, reflejo de su amor maternal e infinito.

Amén.