La Transfiguración del Señor: El esplendor de nuestra humanidad divinizada (Ciclo A)

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9

Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Homilía de hoy en Maranatha

La Transfiguración del Señor viene narrada en los tres sinópticos, mientras que el evangelio de San Juan la omite explícitamente, quizás porque Juan entiende todo su evangelio como una manifestación de la gloria divina. Cada sinóptico tiene su propio matiz. Mateo, que es el evangelio que hemos leído, conserva esa antigua comparación entre Jesús —que sube al monte y cuyo rostro resplandece como el sol— y la figura de Moisés, que subió al monte Sinaí (Ex 34,4) y cuyo rostro irradiaba luz al bajar (Ex 34,29).

Mateo utiliza el verbo «transfigurarse». La pregunta que nos podemos hacer, y que los pensadores cristianos se han hecho durante siglos, es si Cristo sufrió de verdad un cambio, o si el cambio tuvo lugar en sus discípulos. Son muchas las explicaciones, algunas muy ingeniosas, que se han sugerido partiendo de los detalles que el evangelio nos deja.

Nuestra propia humanidad llamada a la divinización.

El primero en poner las bases de lo que significa este acontecimiento en la vida de Jesús fue Orígenes, quien unió la transfiguración con la pasión: las vestiduras resplandecientes adquieren su pleno significado solo cuando se contemplan a la luz de la muerte y resurrección de Cristo.

A partir de Orígenes, el desarrollo teológico de la transfiguración tiene un punto central: la relación entre la transfiguración y la divinización o santificación del hombre. En este episodio se nos revela la humanidad divinizada de Cristo y, por extensión, también se nos revela nuestra propia humanidad llamada a la divinización.

La luz increada y el icono de Santa Catalina del Sinaí

La luz que vieron los discípulos era real, accesible a los sentidos, y a la vez manifestaba algo que trasciende la percepción humana. Esta luz no es un fenómeno creado: es la participación en la misma divinidad, es el esplendor increado de Dios, una energía divina accesible a los sentidos.

La iconografía, desde el primer momento, se ha cuidado mucho de que esta luz no quedara atrapada en el mundo de lo creado, como si fuera una luz creada, pues esto haría a Cristo inferior a Dios. La representación iconográfica de la Transfiguración más antigua que conservamos se encuentra en el monasterio de Santa Catalina, a los pies del Sinaí, y es un mosaico del siglo VI.

Mosaico bizantino del siglo VI de la Transfiguración de Jesús en el ábside del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí.
Mosaico del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí (s. VI): El resplandor de la luz increada que revela la humanidad divinizada .

Cristo aparece de pie, barbudo, con vestidos blancos y dorados; tiene la mano derecha alzada en gesto de bendición, situado dentro de una mandorla que se recorta sobre un fondo dorado. De él salen ocho rayos: dos laterales que tocan las figuras, también de pie, de Elías y Moisés, situados a ambos lados; tres rayos descienden y alcanzan a Juan, Pedro y Santiago, representados de rodillas o tendidos en tierra; y los otros tres se dirigen hacia arriba.

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Una larga tradición espiritual ve en este momento icónico de la vida de Jesús y los tres apóstoles el camino de la vida espiritual como una subida a la montaña, a través de la oración y de la ascesis, para experimentar en la cima una visión transformadora de Dios. Es la imagen de la vida del cristiano: a través de la cruz llegamos a la divinización.

¿Qué significa que Jesús fue transfigurado?

Significa que ha dado al hombre una visión parcial de su divinidad, y ha mostrado a los discípulos al Dios que habita en él, como dice san Juan Crisóstomo. No hay otro lugar en la Biblia en el que el velo entre el mundo material y el mundo invisible sea levantado de un modo tan visible como en este pasaje, ni ningún otro lugar en el que la divinidad de Cristo sea testimoniada con tanta fuerza.

Así, por una parte, la naturaleza humana de Cristo queda totalmente iluminada desde dentro, haciendo visible su divinidad; y, por otra, se produce un cambio en el observador a través de la vida de fe. De modo que podemos decir que la manifestación de Cristo en su naturaleza divina no es vivida por nosotros como algo externo, sino que es interiorizada a través de la fe.

Por lo tanto, la transfiguración es la revelación de la verdadera estatura de la naturaleza humana, una estatura que nuestros primeros padres, en el jardín del Edén, no lograron alcanzar. La santidad es un derecho fundamental de todo hombre, y consiste en llegar a ser aquello para lo cual hemos sido creados: la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Y este camino pasa a través del sufrimiento hasta la gloria de la humanidad divinizada revelada en Cristo. La transfiguración no solo estimula nuestro camino hacia la vida cristiana, sino nos revela nuestro punto de llegada; y también nos enseña que recorrer este camino requiere nuestra colaboración, y que muchas veces pasa por el sufrimiento.

Las dos formas de Cristo y el amanecer del Octavo Día

San Máximo el Confesor dice que Cristo tiene dos formas. La primera es una forma que puede ser percibida por muchos: su forma humana, visible en la Palestina del primer siglo, y que sigue siendo accesible para nosotros a través de los textos sagrados y de los iconos.

La otra forma es más secreta, accesible solo a unos pocos: es para aquellos que comienzan a subir el monte de la vida espiritual y que, pasando por la cruz, llegan a la luz. Allí el Señor se transfigura en una gloria que supera las percepciones sensibles; allí el Señor les da a probar lo que será la verdad definitiva.

Esta forma la contemplan todos los que se dedican intensamente al camino de la oración, y llegan así, también en la vida presente, al alba del Octavo Día, que es el día después de la resurrección cuando todo ha sido renovado por su amor y que celebramos en la Eucaristía.

La transfiguración no es un privilegio de unos pocos, sino de todo cristiano que, ya aquí, en su vida terrena, se decide decididamente a crecer en su vida espiritual por medio de la oración y de la ascesis. De este modo es capaz de purificar su corazón y, entonces, con una mirada nueva, ver la divinidad en lo creado.

AMÉN.