Icono de la Resurrección de Lázaro que representa el poder de Cristo sobre la muerte y la esperanza de la vida eterna en la Solemnidad de los Fieles Difuntos.

Solemnidad de los Fieles Difuntos | XXXI Domingo TO

El día de la Solemnidad de los fieles difuntos una frase de Jesús del evangelio de Juan nos revela el verdadero significado de este misterio de la muerte: «yo soy el camino y la verdad y la vida».

Jesús muere para que nosotros tengamos vida. La pregunta que nos surge es: ¿de qué vida se trata?

Las tres dimensiones de la vida según los Padres de la Iglesia

Los Padres de la Iglesia hablan de tres vida: biós, psiché y zoé. Es una y la misma vida, pero vista en tres dimensiones posibles de vivirla. La primera es la vida biológica, la segunda el deseo de vivir esa vida biológica y la tercera es la vida divina.

La muerte es la oportunidad para que la vida divina se manifieste plenamente en la vida biológica y en el deseo de vivirla.

Esta vida divina, vida zoé, el cristiano ya tiene la posibilidad de vivirla en la tierra. La vida en la tierra es un útero donde poco a poco se va manifestando esta vida divina que nos dio el bautismo en nuestra vida biológica, y la plenitud de esta manifestación es cuando quedamos totalmente divinizados. Para esto tenemos que atravesar la muerte.

La turbación ante la muerte y la confianza en Dios

Pero la muerte siempre va a turbar nuestro corazón y Jesús lo reconoce en este pasaje. La muerte es para nosotros un misterio que nos causa dolor, sea nuestra propia muerte, sea la muerte de un ser querido o sea la muerte de cualquier hombre, en especial si es una muerte injusta.

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Un dolor que no podemos simplemente reprimir o ignorar, sino que tenemos que aprender a gestionarlo haciendo duelos. Además, la muerte nos acerca a lo desconocido, a lo que no sabemos. No sabemos dónde iremos, si es que vamos a algún sitio.

Y entonces no sabemos el camino, ni de ida ni de vuelta. Y esto nos genera mucha ansiedad.

Porque los hombres funcionamos con esquemas mentales que nos permiten controlar nuestra vida y ser dueños de lo que nos pasa.

Jesús también experimentó la turbación y el dolor

Jesús no solo reconoce la turbación que nos causa la muerte, sino que Él mismo probó esa misma turbación y dolor.

La experimentó ante la muerte de un amigo suyo, Lázaro; la vivió con intensidad cruel y extrema en su Pasión, cuando tuvo la lucha feroz en el huerto entre el deseo de sobrevivir —su vida psiché— y la voluntad del Padre —la vida zoé—.

Y después también se turbó ante la traición de uno de los suyos: Judas, que rechazó su amor. La muerte nos genera turbación y la turbación es un momento de prueba y solo se puede vencer con la confianza. Jesús superó la turbación por la confianza en su Padre.

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Por lo tanto, la turbación ante la muerte puede ser una ocasión de crecimiento en la fortaleza, en el coraje y la confianza en Dios, o de destrucción.

Lo vemos en las personas que nos rodean y en nosotros mismos. Ante la muerte de un ser querido algunos crecen y se hacen más humanos y sabios en la vida; otros se llenan de amargura y dolor el resto de sus vidas.

Por lo tanto, la turbación ante la muerte puede ser el lugar de la confianza y el crecimiento, o el de la caída. Por eso, la muerte en todas sus formas es un momento delicado.
En nosotros siempre están juntas la turbación y la confianza.

La fe: único camino de serenidad ante la muerte

En estos momentos de dolor y sufrimiento ante la muerte, Jesús nos dice que la tranquilidad solo nos puede venir de la fe en Él. Porque la fe nos descubre que la muerte de Jesús es nuestro camino hacia el Padre.

Él único ansiolítico ante la muerte es la fe.

Por la fe en Jesús también nosotros podemos dar la batalla de la desolación ante la muerte de los seres queridos y de nuestra propia muerte. Es una fe que se transforma en luz, una luz que nos ilumina el camino que tenemos que recorrer ante la muerte.

Por eso la fe en Él es entrar en contacto con el camino, la verdad y la vida. La fe es la que nos da la vida, la vida zoé, es decir, la vida divina que comienza a manifestarse en nuestras relaciones aquí en la tierra. Y esto nos posibilita ver en la muerte la oportunidad para vivir la vida divina ya en nuestra vida biológica.

Amén.