Icono de Jesús enseñando a los discípulos en el Monte - Plenitud de la Ley

La plenitud de la Ley | VI Domingo del TO Ciclo A

El pasaje de hoy se sitúa dentro del gran discurso de la montaña. Después de las Bienaventuranzas y de la imagen de los discípulos como sal de la tierra y luz del mundo, Mateo hace una afirmación que nos puede resultar chocante: Jesús no ha venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles plenitud. Y, desde esa plenitud, pronuncia las antítesis: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo”. No son “leyes nuevas” o más exigencia. Son la revelación del corazón del Padre y de su amor que hace de nosotros hijos y hermanos.

Jesús nos habla de cumplir la ley, y de cumplir hasta la última letra o tilde de la ley. En la vida cristiana, la ley no es la que da la vida, la ley custodia y protege la vida. Señala un camino. Protege la alianza. Pero la Ley no es vida en sí misma.

La ley si es justa nos indica el error y castiga al trasgresor, pero en ningún caso engendra vida. La vida, la engendra Jesús, que al morir por nosotros en la cruz nos engendra una vida nueva y nos libera del castigo que por la ley merecemos.

Todo hombre viene del pecado, del pecado original, tenemos la inteligencia nublada que nos impide llegar al Dios verdadero, y por eso nos fabricamos ídolos.

Y tenemos la voluntad débil, inclinada al mal, y por eso hemos perdido el camino que nos lleva nuestra plenitud, que es la comunión con Dios Padre. Jesús al morir por amor a nosotros nos da la posibilidad de relacionarnos con el Dios vivo y verdadero y poder hacer el bien en nuestra vida.

Cristo es el único que cumple la Ley

Para Mateo, la ley es la palabra de Dios que nos indica su voluntad. Una voluntad que nos lleva a vivir nuestras relaciones como hijos de Dios y hermano de los hombres. Ningún hombre, hasta la venida de Cristo ha podido cumplir perfectamente la voluntad del padre, es decir, su palabra, es decir, la ley.

Jesús es el primer hombre que cumple perfectamente la ley de Dios y la puede cumplir porque también es Dios.

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Y nos abre el camino para que cada hombre pueda también cumplir perfectamente la ley de Dios, es decir, su voluntad. La ley no se entiende como un conjunto de minucias y rituales externos, sino la ley es el amor a Dios y el amor al prójimo. Quien ama cumple toda la ley. La Ley queda de este modo “rellenada” de Espíritu (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre Mateo, hom. 16, 3-4).

La reconciliación con el hermano

Por eso el texto comienza por las relaciones con el hermano. “No matarás” es claro. Pero Jesús baja al origen del homicidio. A la ira que reduce al otro a amenaza. A la palabra que humilla. Al desprecio que desfigura. Hay un asesinato anterior a la sangre: el que sucede cuando el otro deja de ser hermano y se convierte en alguien sin rostro.

El nuevo estilo de relación no nace de la contención exterior, sino de un corazón reconciliado. Un corazón que ya no necesita defenderse destruyendo al otro. En Mateo, la reconciliación aparece incluso antes del culto, para poder descubrir el rostro de Dios en el altar, primero tenemos que descubrir el rostro del hermano en la reconciliación.

El deseo y la alianza

La segunda antítesis entra en la intimidad del deseo. “No cometerás adulterio”. Jesús no condena el cuerpo. Purifica la mirada. Porque la mirada puede ser bendición o apropiación. Puede reconocer al otro como misterio o reducirlo a objeto. Así, la sexualidad puede aparecer como lenguaje del don o gramática de la posesión.

El adulterio, en su dureza, manifiesta una fractura anterior: la incapacidad del corazón para permanecer en comunión.

La imagen de Dios en el hombre se realiza en la pareja, es allí donde uno se convierte en Don para el otro. Por eso Jesús habla con imágenes hiperbólicas: ojo, mano. No propone mutilación, sino radicalidad: cortar en la raíz lo que desfigura la relación y volver a una mirada que recibe, no que pone. Lo que está en juego no es un perfeccionismo moral, sino la belleza de una alianza verdadera, donde el otro no es usado, sino reconocido.

El adulterio, por sí mismo, es el fracaso del hombre como imagen de Dios, es decir, la incapacidad de amar en comunión con fidelidad. Y Jesús va a raíz del adulterio que son los deseos que habitan en el corazón. Y por eso nos invita a controlar nuestros deseos y lo expresa con imágenes fuertes como sacarse los ojos y cortarse la mano.

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En el mismo horizonte aparece el repudio. La legislación mosaica intentaba limitar arbitrariedades y proteger, en lo posible, a la parte más expuesta. Jesús no se pierde en casuísticas. Remite al designio primero: la alianza. La fidelidad. No como ideal sentimental, sino como verdad del amor. En Mateo, la “justicia” que debe superar la de escribas y fariseos no es una contabilidad de mínimos. Es una justicia “de más”. Una antigua síntesis litúrgica lo formula así: Cristo no suprime la Ley; le da ese “de más”, que la hace dejar de ser mera norma para volverse vida.

La palabra veraz: El sí y el no

Finalmente, Jesús toca la palabra: “No jurarás en falso… sea vuestro sí, sí; y vuestro no, no”. Aquí aparece una antropología luminosa. Dios crea por la Palabra. Y el hombre, a imagen del Logos, participa de esa dignidad: con la palabra nombra, une, revela, bendice. El hombre se distingue esencialmente del animal en la palabra. Sin palabras no existiría ni la cultura ni la política ni la economía ni las relaciones. Cuando la palabra se degrada, también se degradan estas relaciones y engendra la muerte.

El juramento, en boca de quien no es veraz, no rescata la verdad: la disimula. El “sí” y el “no” simples piden un corazón unificado, no duplicado. San Máximo el Confesor llama a la caridad un “estado bienaventurado del alma”, porque el amor vuelve simple lo que estaba dividido, y hace a la palabra volver a ser transparente. (San Máximo el Confesor, Capítulos sobre la caridad, I, 1: PG 90, 962).

Y todo esto no termina en un programa moral, sino en una Persona. Cristo es la plenitud misma de la Ley. Él es el “sí” de Dios pronunciado sobre el hombre. En Él la ira se desarma sin negar la justicia. En Él el deseo se purifica sin despreciar el cuerpo. En Él la palabra recupera transparencia porque vuelve a su fuente. El Sermón de la Montaña resplandece aquí como una teofanía: el rostro del Hijo deja entrever el rostro del Padre. Y, en esa luz, lo humano aparece como lugar donde la gloria puede acontecer, silenciosa, real y bella. Amen.