Icono de la Nueva Jerusalén con Abraham acogiendo a dos jóvenes bajo un arco central, símbolo de la esperanza cristiana y del fin del mundo según el Evangelio.

El fin del mundo y la esperanza cristiana | XXXIII Domingo TO

Lucas coloca este discurso en el pórtico de la Pasión, tras la ofrenda de la viuda y ante la admiración por las piedras del Templo. El templo que tiene delante era el que había comenzado a construir Herodes el Grande en el 24 a. C. y que se terminó en el 60 d. C., y después se emplearon cuatro años más para embellecerlo y enriquecerlo. En él trabajaron miles y miles de obreros y miles de sacerdotes ejercían su oficio.

Este templo fue destruido por completo en torno al 70 d. C. por los romanos, que dejaron solamente en pie un muro conocido hoy como el Muro de las Lamentaciones, formado por piedras enormes.

En ese lugar Jesús habla del fin de un mundo y del nacimiento de otro: un mundo nuevo y una nueva forma de relacionarse entre los hombres. No es un capítulo para asustar. Lo apocalíptico no significa “catastrófico”, sino “revelar”. Jesús nos ayuda a ver lo escondido detrás de los acontecimientos que parecen desastres, y nos permite mirar la historia del mundo con una luz nueva.

Para tener una mirada catastrófica sobre el mundo basta con ver el telediario. Pero el discurso de Jesús sobre el fin del mundo está lleno de esperanza y de confianza.

“El fin” y “la fin” del mundo

Jesús distingue entre «el fin» del mundo y «la fin» del mundo:

  • Si el hombre y el mundo estuvieran destinados a “la fin”, es decir, a la nada y al sin sentido, entonces todo sería desesperanzador.
  • Pero si están destinados a “el fin”, es decir, a un sentido, entonces vivir es la posibilidad de realizar ese sentido que es su fin.

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Un fin que se realizará plenamente en el futuro, pero que comienza ya en el presente con nuestro estilo de vida. El fin del mundo es la comunión con el Padre, por medio del Hijo en el movimiento del Espíritu Santo. Podemos decir que el fin del mundo es la Pascua: el paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, del miedo a la paz.

Lucas lo expresa como el paso de la belleza de las piedras al Dios vivo y verdadero que se entrega en nuestras manos.

El templo del corazón

El templo, con sus adornos y exvotos, simboliza el conjunto de valores en torno a los cuales se estructura la vida.

Cristo no vive en el templo de las leyes y los sacrificios, sino en el corazón del hombre que le ama.

Cuando habla de la destrucción del templo, Jesús se refiere a la destrucción de las imágenes falsas de Dios que nos hemos construido. Nos fabricamos ídolos para sentirnos buenos, pero el Dios de Jesús es un Dios diferente: un Padre entregado, no un amo que domina.

Perseverancia y esperanza

El evangelio describe la vida del hombre cuando vive bajo la lógica del poder y del dominio. Por eso habla de guerra y persecuciones. Después viene la paciencia de Dios, porque Dios quiere que todos se salven.

Esa paciencia requiere nuestra perseverancia. La palabra griega hypomoné significa “permanecer bajo”, una resistencia interior, una paciencia activa que implica mantenerse firmes y en guardia sin dejarse vencer.

“La perseverancia es la forma de guardar la vida.”

No se trata de pasividad, sino de una tensión amorosa entre el fin que viene y la paciencia de Dios.

La vida como gestación

La vida se puede vivir desde el miedo o como hijos que adelantan el Reino. El miedo lo tiene quien vive solo según su naturaleza. Las guerras entre las naciones surgen cuando el hombre ve en el otro un enemigo y lo quiere dominar. Pero todo el mal del mundo no es “la fin” del mundo: es el tiempo que tenemos para vivir como hermanos e hijos.

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Entre guerras y desgracias nace una forma de vida nueva: la del testigo, el que no responde con desconfianza sino con palabra recibida. La vida es una gestación: tiene un fin, pero no es el fin de todo, sino el inicio de la vida nueva. Por eso, no podemos vivir a la espera pasiva, sino con los ojos abiertos, con responsabilidad y esperanza.

Ver la historia con ojos nuevos

La realidad nos viene dada, pero nuestra libertad es mirarla con ojos nuevos. Si vivimos desde la desconfianza, nos bloqueamos y nos encerramos en el egoísmo. Entramos en la dinámica del poseer y del dominar, y abandonamos la del don y del compartir.

Este evangelio de Lucas quiere darnos ojos nuevos para ver la historia y comprometernos con la realización del fin de nuestra vida y del mundo: vivir como Jesús. Así es como el Reino de Dios se hace presente. El Reino de Dios viene cuando vivimos como hijos y hermanos. Amén.