Domingo de la Divina Misericordia según San Juan
Celebramos hoy el Segundo Domingo de Pascua, también llamado Domingo de la Divina Misericordia. El Evangelio de Juan nos introduce en el corazón del misterio pascual con dos escenas conmovedoras que tienen lugar “al anochecer de aquel día, el primero de la semana” y ocho días después. En ambas, el Señor Resucitado se presenta en medio de los suyos, y lo que ocurre transforma para siempre la historia.
Jesús Resucitado entra en medio del miedo
Los discípulos están encerrados. El miedo a los judíos, la culpa por haber huido, el peso del fracaso los tiene paralizados. Sus corazones están como el sepulcro: cerrados y oscuros. Pero ahí, en medio de ese miedo, aparece Jesús. “Se puso en medio de ellos”, dice el texto, y les dice: “Paz a vosotros”.
La paz no es simplemente una palabra amable o un saludo. Es un don, es el primer regalo del Resucitado.
En medio del encierro, del miedo, del pecado, Jesús entra sin pedir permiso, atraviesa puertas cerradas, no porque las fuerce, sino porque el amor no tiene obstáculos. Jesús viene a resucitarnos desde dentro de nuestras propias muertes.
Las heridas como signo de misericordia
Y luego de decir “Paz a vosotros”, hace un gesto profundamente revelador: les muestra las manos y el costado. Las heridas no han desaparecido. Jesús resucita con sus heridas. Y es precisamente al ver sus heridas cuando los discípulos lo reconocen y se llenan de alegría.

Este detalle es esencial. Jesús no se presenta triunfal, como un héroe invencible, sino como el Cordero que fue herido. El Resucitado no borra la Cruz: la transforma. Las heridas se han vuelto ahora signo de amor eterno, fuente de vida, sacramento de misericordia. Las heridas van a quedar como el testimonio perenne del amor que él nos tiene. La comunidad reconoce al Señor por sus heridas, que permanecen abiertas para acoger a todos.
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Y entonces Jesús los envía: “Como el Padre me envió, así también os envío yo”. Es decir, la Iglesia no tiene una misión propia, sino la de Cristo mismo: ser enviados por amor, para amar como hemos sido amados. Pero no los deja solos. Sopla sobre ellos como Dios al crear al ser humano e insufla el Espíritu Santo. Es un nuevo Génesis: somos creados de nuevo, ahora no solo como criaturas, sino como testigos del Amor.
La misión de perdonar y reconciliar
Y les da el poder de perdonar: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…”.
Esto es clave: la primera misión de la Iglesia es perdonar. La comunidad del Resucitado es comunidad de reconciliación, de puertas abiertas. Una Iglesia que no perdona, que no acoge, no es la de Jesús.
Pero no todos estaban ahí. Tomás no estaba con ellos. Y cuando le cuentan lo que han visto, no cree. Y en cierto modo, tiene razón. ¿Cómo va a creer en el Resucitado sin haber hecho la experiencia personal del amor? ¿Cómo fiarse de una palabra, de un relato, si aún no ha visto esas heridas?
Tomás es tocado por la Divina Misericordia de Jesús
Tomás representa a muchos de nosotros. Nosotros tampoco estuvimos allí. No vimos físicamente al Resucitado. Pero lo vemos en otro lugar: en sus heridas que siguen abiertas en la Eucaristía, en la comunidad, en el mundo que sufre las guerras, en el sufrimiento del inocente, en los niños que viven en las guerras.
Tomás necesita tocar, ver, palpar. No se conforma con una idea.
Y Jesús no lo rechaza. Al contrario: vuelve otra vez, solo por él, y le ofrece sus llagas como morada. No lo juzga por dudar; lo ama dentro de su duda. Le dice: “Trae tu dedo, mete tu mano… y no seas incrédulo, sino creyente”.
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Y Tomás responde con la confesión de fe más alta del Evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. No dice “es verdad, has resucitado”, sino que expresa un encuentro interior, una rendición ante el amor.
Y entonces Jesús dice una palabra dirigida directamente a nosotros: “Dichosos los que creen sin haber visto”.
Esta no es una resignación, es una bienaventuranza. Jesús no bendice la credulidad ingenua, sino la fe profunda que nace de la confianza, que se deja tocar por el amor, que reconoce al Señor en sus heridas.
Esta escena es como una Eucaristía: cada ocho días, nos reunimos como comunidad. Puede que nuestras puertas estén cerradas por miedo, por rutina o por dolor. Pero en medio de nosotros, siempre viene el Señor. Y siempre muestra sus heridas, no como reproche, sino como signo de fidelidad, como fuente de vida. Nos ofrece su paz, su perdón, su Espíritu, y nos envía al mundo.
Amén.





